Aunque el epicentro informativo se haya basado, en su inmensa mayoría, en las tomas de los cientos de rascacielos que se bamboleaban en Bangkok, el verdadero epicentro del último gran terremoto de la historia de la Tierra se produjo el viernes de la semana pasada, a eso de las 12:20 hora local, a sólo diez
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Para el que escribe, no sorprende que sea desde Tailandia, y no desde Birmania, el lugar elegido para abrir el 99% de los informativos y las páginas de internacional de los pocos medios que aún invierten algo de dignidad en los periódicos, ya sea en papel o en sus ediciones digitales. Para tratar de comprender este error marcaremos tres patas de la mesa que sostienen esta medio farsa. La primera: que la Junta Militar que gobierna Myanmar con mano de hierro, y que tiene por socios a China y Rusia –cómo no–, no desea recibir ayuda internacional más que de esas naciones recientemente citadas. Además: los periodistas que hoy día ejercen en este siglo XXI del que ya hemos sobrepasado un cuarto del mismo, evitan molestar al poder, aunque luego se declaren en público como pacifistas, aceptando las indicaciones de la Junta Militar –”a los medios de comunicación occidentales no les permitiremos acceder al país”–, cuando la solución podría haber sido evitar el clásico visado de reportero para atravesar el país como un turista, y así, informar de primera mano; y finalmente: la tercera pata para que esta medio farsa siga su camino tiene que ver con que el propio pueblo globalizado –la audiencia– asume el video del tiktoker de turno como lo estrictamente necesario para comprender la magnitud de semejante tragedia cuando en Birmania, con el internet capado, es donde la muerte ya supera las cuatro mil víctimas. Y, tristemente, subiendo.
A decir verdad, Tailandia está a salvo gracias a su eterno interés por copiar, a veces de aquella manera, a Japón. Y que el Imperio del Sol naciente sea el primer experto en el mundo a la hora de construir rascacielos que jamás colapsan y trenes de alta velocidad magnéticos que en realidad levitan, ha ayudado, dada la muy acreditada experiencia sismológica del pueblo nipón, a que hoy sólo estemos hablando de un rascacielos en fase de construcción en el barrio de Chatuchak, en Bangkok, que sí colapsó, y que tras las pertinentes pesquisas, se ha descubierto a una empresa china que presuntamente utilizó –como casi siempre– los peores materiales para levantar el proyecto, hoy convertido en llanto y ceniza. Según los expertos, el acero de peor calidad y el cemento ídem, permitieron la caída del rascacielos y la muerte y desaparición bajo los escombros de, al menos, un centenar de trabajadores, muchos de ellos, curiosamente, llegados hasta Tailandia dada su fortaleza económica y multitud de ofertas de trabajo, desde los vecinos más empobrecidos: Laos y Birmania, el país que en realidad está sufriendo esta estruendosa tragedia.
Lo que debe quedarles claro es que el foco de todo esto sigue sin estar donde únicamente debería estar; o sea: en Birmania. Y sé que alguno tardará en comprenderlo, ante las dificultades que genera una geopolítica tan ajena a nosotros como es la del sudeste asiático para la mayoría de la clase media europea. Pero en una comparación divulgativa explicita, que la información sólo provenga desde la vecina Tailandia, en vez que desde Birmania, sería algo así como que de cada asesinato de la banda terrorista ETA se hubiera informado desde Francia y nunca –o casi nunca– desde España. Porque es en Birmania donde los muertos se cuentan por miles. Porque es en Birmania donde los rascacielos no existen, ya que sus edificios, la mayoría de veces casuchas levantadas con los peores materiales, desprovistas de electricidad y agua corriente, son las que hoy son escombros sin capacidad para ser trendic topic.
En un terremoto prácticamente nunca existen las buenas noticias. Bueno sí, cuando aparece con vida una señora agarrada a su perro, los cuales llevaban varios días bajo los cascotes, los telediarios comienzan con el clásico video que suele desembocar en rotura lacrimal. Pero aunque les parezca exagerado, de cara a la opinión pública mundial, la cual lleva varios días con sus ojos puestos en este desastre natural, el que se vuelva a demostrar que una buena parte de las empresas chinas decidan construir sin los mínimos estándares de calidad, debe abrirnos los ojos a la realidad donde, hace ya décadas, llevamos viviendo aunque mirando para otro lado.
Recuerdo justo hace unos días a un señor español con el que compartí mesa en Granada, el cual alababa a China de forma descarnada. Todo el debate vino por un coche de marca china, del que ni recuerdo su nombre, que según parece es de una calidad absoluta. Y yo sólo acerté a decirle lo siguiente: indiferentemente de que China haya acertado en automoción al menos por una vez, la mayoría de lo que construye sigue siendo deficitario por tres razones esenciales: produce con los costes más bajos; se sale constantemente de la ley pagando bajo la mesa; y utiliza su cortoplacismo de manera totalitaria, importándole un pimiento el futuro a corto-medio plazo de su población, y ya no digamos de la población mundial. Porque según las primera investigaciones tras el único edificio que colapsó en Bangkok, todo era ilegal: las licencias, los trabajadores sin contrato, la calidad del acero y cemento, y el que, al parecer, llevaran mucho retraso en la finalización de la obra por falta de presupuesto, habiendo dejado la estructura del edificio a la intemperie, según los expertos, por demasiado tiempo.
Como aún ningún periodista y/o analista lo ha comentado, seré yo el primero en hacerlo: si Tailandia es vecina de Birmania, del antiguo Reino de Siam lo es Camboya, una nación exasperante, conducida con mano de hierro durante medio siglo por los sanguinarios Jemeres Rojos, su heredero Hun Sen, y desde hace casi dos años, por el hijo de este, Hun Manet. Y en Camboya, exactamente en la antípoda tailandesa aunque sean vecinos, son justamente los chinos los que llevan años invirtiendo en extrañísimos rascacielos que han modificado la realidad de la antigua Phnom Penh, y donde nada más poner un pie en alguno de sus portales, uno asume que ante el más mínimo temblor la capital jemer, desprovista de los mínimos estándares de seguridad y mantenimiento, se convertirá en el sueño de tantos y tantos directores de medios de comunicación, convencidos de que el click tiene que ver, prácticamente siempre, con la exageración, ya sea en el humor, en el sexo, y claro está, en la desgracia, a poder ser muy ajena.
Aunque suene duro, el mundo –de manera indirecta–, necesitaba que el destrozo sísmico hubiera acontecido, en realidad, en Bangkok, y que en vez de un edificio en construcción se hubieran desplomado trescientos rascacielos, con sus piscinas cayendo a plomo, sus nadadores gritando en picado cuando los coches serían atravesados por los cascotes convertidos en morteros. Las películas llevan transmitiéndolo así desde hace años, con tsunamis bestiales que arrasan ciudades enteras, terremotos que se tragan miles de coches y meteoritos que hacen desaparecer del mapa terráqueo naciones primermundistas. Es como la clásica anécdota de la manifestación: muchos deseamos que la calle arda –y que el poder se quiebre– salvo cuando los que lanzan piedras lo hacen junto a nuestros utilitarios, no fuera a ser que alguien los rayara. Porque así somos. De mediocres.
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