En defensa de la persona singular

Ese agnóstico con tendencias católicas que fue Jünger no sólo le enmienda la plana a Abraham y a Mahoma, sino también a Leibniz y Darwin, abriendo una senda inexplorada
The post En defensa de la persona singular first appeared on Hércules.  Las principales figuras en la obra de Ernst Jünger son las siguientes: «Soldado», «Trabajador», «Rebelde» o «Emboscado» y «Anarca». Estas «figuras», como las llamaba su autor, componen categorías del pensamiento más próximas a la mitología que a la filosofía. Por eso podemos afirmar que, donde Friedrich Nietzsche, siguiendo a Zaratustra, cayó enfermo de locura, abismado por su propia visión de lo inefable, Jünger señala el punto de partida para su obra, a través del concepto de «Persona Singular» (der Einzelne) que sabrá concitar sobre sus espaldas, siempre guiado por el ideal heroico, la posibilidad de todas esas figuras vivas en las que se puede cifrar el siglo XX.

La tarea del «Trabajador», esa figura marcada por la frialdad y la distancia de quien está a un tiempo dentro y fuera de la época, situado más allá de toda circunstancia o de la sentimentalidad, es someter aquel rango del cosmos que se encuentra a su alcance bajo un férreo principio de orden. Dicha labor acarrea de forma connatural un dualismo puramente dialéctico que diferencia entre objeto y voluntad, y que acabará por sintetizar la dicotomía en una acción: el dominio entendido como cristalización activa de la potestad humana, en tanto que hybris fáustica, sobre la Naturaleza. Más próxima, pues, a ese Nietzsche que se proponía transfigurar la vida que a un Schopenhauer que, antes de él, maldijo la desdicha de haber nacido.

La figura del «emboscado» expuesta en su conocido texto de 1951, es la de aquel que se oculta a la espera de la hecatombe y su posterior «revelación»; en realidad, un hombre que desplaza la actitud heroica hacia una suerte de espera teleológica. Leemos: «El anarca no alimenta esperanzas. No se apoya en nadie más que en sí mismo». Para añadir en otro texto: «La persona singular es hoy igualmente soberana que en cualquier otro periodo de la historia y aún es probable que sea más fuerte que nunca. Pues a medida que van ganando terreno los grandes poderes colectivos va también el ser humano quedando aislado de sus viejas asociaciones, que habían crecido de manera espontánea; de lo único de que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. Y es ahora cuando se convierte en antagonista del Leviatán, más aún, en su domeñador, en su vencedor».

Fue en su libro inmediatamente anterior, Más allá de la línea (1950), igual que antes había trazado, de forma más abiertamente especulativa en Heliópolis (1949), donde Jünger expuso con claridad la idea que late tras esa iluminación: la existencia de una «línea» teleológica incrustada en la Historia donde técnica y nihilismo confluyen en un mismo fuego fatuo que acaba consumiéndose en su propio proceso de expansión y desarrollo. Escribe el alemán: «El instante en que se pasa la línea traerá una nueva donación del ser, y con ello comenzará a resplandecer lo que es real».

En su afán de historiador, a la manera de Heródoto, o de filósofo, en resonancia con Heráclito, Jünger recogió una vieja leyenda para marcar un hito único en el discurrir del tiempo: «Según un antiguo oráculo, el dominio del mundo estaba destinado a quien supiese desatar el nudo gordiano». Hasta que llegó Alejandro Magno y, espada en mano, profanó el misterio dividiéndolo por la mitad, inaugurando así «una nueva consciencia del espacio y el tiempo» derivada de ese infame espadazo con el que Occidente buscó imponerse sobre Oriente, proyectando así un proceso en marcha que hoy conocemos como “mundialización”, por medio de la «voluntad de poder».

Sobre este punto el alemán escribe: «Hay una especie de corte transversal paralizador que secciona el nervio de la historia. Con él se extingue la tradición. Los hechos de los Padres ya sólo sobreviven en las representaciones dramáticas o trágicas, pero no en la acción». En ese momento crucial, de metafísica especulativa antes que operativa, es cuando los dioses se retiran y en su lugar surgen los titanes, cuyos medios no diferencian entre mágica y técnica: «La magia evoluciona hasta convertirse en scienza nuova que se sirve de la ciencia. La técnica tiene un subsuelo. Es inquietante hasta para sí misma. Está ya cerca de la realización inmediata de las ideas que le advienen en sueños. Parece que ya solo le falta un pequeño paso. Un paso que podría surgir, como de un espejo, del sueño mismo».

En 1989, a los 94 años de edad, Jünger completó el trabajo iniciado con El nudo gordiano al publicar un texto titulado La tijera donde, ante la magnitud de esa cesura histórica representada por el golpe con la espada de Alejandro Magno, el alemán quiso explorar tanto la transgresión como la oportunidad asociadas a dicha desmesura: «La tijera se mueve abriéndose y cerrándose; el efecto consiste en el corte», como un uróboro que representa el paso de los ciclos, un proceso circular en el que la Naturaleza alumbra y consume, en el que Dios se da a sí mismo en su Creación para perecer en ella. Por eso, en uno de los imaginativos párrafos que componen el libro, su autor escribe: «La vuelta al origen lleva más allá de todo lo temporal». De nuevo, Historia o filosofía acaban fundiéndose en el mito.

Partiendo del ámbito novelesco, una vez más Jünger estudió las causas profundas de la decadencia en Eumeswil (1977, cuyo nombre proviene del original “Eumenes”), un libro decisivo, a caballo entre el ensayo especulativo y la ficción simbólica, donde por primera vez aparece la figura del «anarca»: «Yo soy, en el espacio, anarca; y en el tiempo, metahistórico. Por eso, no me siento ligado ni al presente político ni a la tradición; soy una hoja en blanco, abierta y capacitada en todas las direcciones». El propio protagonista, Manuel o Martín Venator, es fruto y manifestación de esa dualidad típicamente jüngeriana, a ratos solar y a ratos lunar, en tanto que historiador, por un lado, y camarero de noche en la alcazaba, por otro.

Un punto central de dicha novela, como en toda la obra de Jünger, es la meditación sobre la Historia: «Pérdida de la Historia y decadencia de la lengua van de la mano». Frente al conocimiento especializado imperante en ese Mundo Moderno donde «nadie sale en defensa de una idea», los distintos y variados maestros de Manuel Venator proponen estudiar la esencia de la Historia, en lugar de ahondar en sus detalles superficiales; y para ello, como el propio Jünger en sus textos antes citados, recurren al mito, que otorga distancia con el tiempo horizontal y se nutre de las estructuras fundamentales que se funden en una temporalidad vertical.

Y es que, de la mano del problema histórico, va el de la libertad: «Ha de admitirse que hoy resulta especialmente difícil sostener la libertad. La oposición exige grandes sacrificios; eso explica el ingente número de seres humanos que prefieren la coacción. No obstante, sólo los hombres libres pueden hacer historia. La historia es la impronta que el hombre libre da al destino. En ese sentido el hombre libre puede actuar ciertamente en representación de los demás; su sacrificio cuenta también por los otros».

No ha de confundirse, por ello, la Historia, o, ya puestos, el mito, con el pantanoso terreno de la religión, que muchas veces no es otra cosa que una proyección humana: «Los paraísos son proyecciones efectuadas desde un mundo que se mueve en el tiempo y que por ello es imperfecto; con frecuencia son además ingenuas. La teodicea es la justificación de Dios por el hombre; intenta explicar las razones de que el Todopoderoso pueda permitir el mal. Los animales no conocen esas cuitas. Moralmente viven antes del pecado original, aunque participan de sus consecuencias; también ellos las padecen». Ese agnóstico con tendencias católicas que fue Jünger no sólo le enmienda la plana a Abraham y a Mahoma, sino también a Leibniz y Darwin, abriendo una senda inexplorada para que esa figura cargada de futuro que es el «trabajador» pueda transitar libremente por ella.

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