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 A los 40 días del fallecimiento es tradición en la religión ortodoxa celebrar una ceremonia. La iglesia de San Andrés y San Demetrio ha sido el lugar elegido para este último adiós. 

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​Caitríona Balfe (Outlander): “Aún no he visto Más que rivales. Pero parece que ese fenómeno ha superado con creces nuestra serie» 

 A punto de despedirse de Outlander y abrir una nueva etapa de su carrera, Caitríona Balfe nos habla de política, el cambio de un querido romance de época por otro y el consejo que daría a las estrellas de Más que rivales. 

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​El rey conmemora el histórico vuelo de Plus Ultra que hace 100 años apoyó su bisabuelo Alfonso XIII, una hazaña de la aviación que unió los dos lados del Atlántico de norte a sur 

 La gesta de aquellos cuatro tripulantes partió del mismo puerto del que salió la expedición de Colón a América y se completó en 18 días a pesar de una hélice rota, un aterrizaje en una escala improvisada y un polizón 

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​Jaime Bayly, el gran provocador: “No me gustó que la familia de Mario Vargas Llosa demonizara a la pobre Isabel Preysler” 

 “Soy de derechas, pero me cae mejor Pedro Sánchez que los señores de Vox”, nos dice el periodista, escritor y showman peruano que regresa con Los golpistas, una novela periodística sobre el golpe de Estado fallido contra Hugo Chávez. La excusa perfecta para charlar con él de Venezuela o del affaire Preysler-Vargas Llosa. 

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¿Se te pasó la sal en la comida? 6 soluciones rápidas para salvar tu preparación

¿Te pasaste con la sal y ahora el plato está incomible? Antes de tirarlo, puedes intentar corregir el problema diluyendo la cantidad de sal, aumentando el volumen de la preparación o ajustando la percepción del sabor incluyendo un toque dulce o ácido. Aunque la sal ya disuelta en la comida no puede ser retirada, hay
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Aunque la sal ya disuelta en la comida no puede ser retirada, hay maneras de atenuarla según el tipo de comida y el margen que tengas para modificarla. Los trucos que te describiremos parten del mismo principio: repartir la sal entre más ingredientes o líquido para que la concentración baje.

1. Añadir líquido sin sal

Si la preparación lo admite, añade agua, caldo sin sal o leche según corresponda. Esto diluye la concentración de sal y hace que el sabor sea más tolerable. La cantidad depende de cuán salado esté. Empieza con pequeñas cantidades, prueba y ajusta.

El problema de esta solución es que también diluye el resto de sabores. Si añades demasiado líquido, puedes terminar con un plato insípido en todo excepto en sal. En ese caso, tendrás que reforzar otros condimentos como hierbas, ajo o especias sin sal.

2. Retirar parte del líquido y reponerlo

Si el líquido es lo que está muy salado, retira una parte y repón con líquido nuevo sin sal. Esto funciona bien en caldos, sopas o arroces. Usa un cazo o una taza medidora para retirar y añadir la misma cantidad de agua o caldo sin sal.

Remueve bien y prueba antes de repetir el proceso. Esta técnica es más precisa que la anterior mantienes mejor el volumen original de tu preparación.

3. Duplicar la receta sin sal

Si tienes ingredientes suficientes, prepara la misma receta otra vez pero sin añadir sal. Mezcla ambas preparaciones y el resultado será un plato del doble de tamaño con la mitad de concentración de sal. Es la solución más efectiva cuando te has pasado mucho con la sal.

El inconveniente obvio es que necesitas ingredientes adicionales y terminas con el doble de comida. Si no puedes comer o congelar esa cantidad, esta opción no es práctica.

4. Incorporar ingredientes neutros que repartan el sabor

Añadir más ingredientes sin sal reparte la salinidad entre más volumen. Verduras adicionales, legumbres, arroz, pasta o patata funcionan como relleno que absorbe parte del líquido y reduce la concentración de sal percibida en cada bocado.

Contrario al mito popular, la patata no absorbe sal de forma selectiva. Lo que hace es ocupar volumen en el plato y, si está en un líquido salado, lo absorbe junto con su sal. Al retirar la patata, retiras parte de la sal que absorbió, pero el efecto es limitado. Es más efectivo dejar la patata en el plato como parte de la comida que usarla como esponja temporal.

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5. Ajustar la percepción con ácido

Un toque de ácido puede equilibrar la percepción de salinidad sin eliminarla. Unas gotas de limón, un chorrito de vinagre suave o un poco de tomate triturado cortan el sabor salado y aportan complejidad. Esto no reduce la sal real, pero cambia cómo la percibes al comer.

Usa ácido con moderación. Empieza con una cucharadita, remueve bien y prueba. Demasiado ácido crea otro problema en lugar de solucionar el primero.

6. Añadir un punto dulce mínimo

En preparaciones que admiten un toque dulce (salsas de tomate, algunos guisos, ciertos adobos), una pizca de azúcar puede suavizar la percepción salada. Hablamos de media cucharadita, no de cucharadas enteras. El objetivo no es endulzar el plato, sino equilibrar los sabores.

Este truco no funciona en todos los platos. No añadas azúcar a un caldo de verduras ni a un arroz blanco salado. Úsalo solo cuando el plato ya tiene algún componente dulce en su perfil de sabor natural.

Para evitar que una comida te quede salada de nuevo, añade la mitad de la sal que crees necesaria, cocina, prueba y ajusta al final. Recuerda que la reducción concentra la sal, así que si vas a reducir una salsa o guiso, sala menos al principio.

Los ingredientes como queso, aceitunas, anchoas, embutidos, salsa inglesa, salsa de soja y caldo concentrado ya aportan sal, así que resta cantidad si los usas. Probar antes de servir debería ser automático, pero es el paso que más gente se salta y el que más problemas evita.

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Feijoo, filósofo español, “Sólo de un modo se puede acertar; errar, de infinitos”

¿Cuántas veces has tenido la certeza de estar en lo cierto para descubrir después que te equivocabas? Benito Jerónimo Feijoo, monje benedictino y ensayista del siglo XVIII, escribió en su obra Teatro crítico universal una frase que resume bien la asimetría entre el acierto y el error: “Sólo de un modo se puede acertar; errar,
The post Feijoo, filósofo español, “Sólo de un modo se puede acertar; errar, de infinitos” appeared first on Mejor con Salud.  ¿Cuántas veces has tenido la certeza de estar en lo cierto para descubrir después que te equivocabas? Benito Jerónimo Feijoo, monje benedictino y ensayista del siglo XVIII, escribió en su obra Teatro crítico universal una frase que resume bien la asimetría entre el acierto y el error: “Sólo de un modo se puede acertar; errar, de infinitos”.

La idea implica que acertar requiere que todo encaje correctamente, mientras que para fallar basta con que una pieza esté mal. En un mundo donde las opiniones se forman en segundos y se comparten sin filtro, esta observación funciona como vacuna contra la prisa intelectual.

Por qué acertar es más difícil que errar

Atinar suele exigir coherencia entre varios elementos. Por ejemplo, tener los datos correctos, el método adecuado, el contexto bien interpretado y las conclusiones que sigan de las premisas. Si uno de estos elementos falla, el resultado también.

El error, en cambio, tiene múltiples puertas de entrada. Un dato mal verificado, un sesgo de confirmación, una generalización apresurada o simplemente no haber considerado alternativas.

Feijoo escribía contra las supersticiones y creencias populares que se aceptaban sin cuestionamiento. Observó que la gente llegaba a conclusiones falsas por caminos muy diversos, pero que el razonamiento correcto requería cuidado y método. Esta asimetría no ha cambiado; se ha amplificado con la velocidad a la que se difunde información hoy.

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Comprobar supuestos antes de opinar

Aplicar la idea de Feijoo empieza por reconocer que tu primera intuición puede estar equivocada de muchas formas. Antes de dar por cierta una información, pregúntate: ¿de dónde viene este dato? ¿Quién lo verificó? ¿Qué estoy asumiendo que podría no ser así?

Este hábito no convierte cada conversación en un interrogatorio, pero sí añade una pausa antes de aceptar algo como verdadero. La mayoría de los errores en las decisiones cotidianas vienen de supuestos no comprobados que se daban por válidos. Cuestionarlos no es desconfiar de todo, es reconocer que el error tiene más caminos que el acierto.

Por eso, Feijoo criticaba la tendencia a confundir lo que parece evidente con lo que es cierto. Muchas creencias falsas persisten porque “suenan bien” o porque mucha gente las repite. La popularidad de una idea no la hace correcta, y el consenso puede estar equivocado si se basa en información defectuosa.

En la actualidad, esto se traduce en distinguir entre lo que sabes con evidencia y lo que asumes por intuición o por repetición. Puedes actuar basado en intuiciones cuando el coste de equivocarte es bajo, pero las decisiones importantes merecen verificación. La certeza genuina requiere más trabajo que la sensación de estar seguro.

Crear protecciones simples para las decisiones cotidianas

No hace falta analizar cada decisión con rigor científico, pero puedes crear reglas mínimas que reduzcan errores evitables. Antes de compartir información en redes, comprueba la fuente. Antes de comprar basándote en una reseña, busca al menos dos más. Antes de tomar una decisión financiera, consulta con alguien que sepa del tema.

Estas protecciones no garantizan aciertos, pero cierran algunas de las infinitas puertas del error. Son filtros que eliminan los fallos más comunes sin requerir esfuerzo excesivo. La idea no es alcanzar perfección, sino reducir la probabilidad de fallar por descuido.

No malinterpretes la frase de Feijoo como una invitación al perfeccionismo o al miedo a actuar. No lo es. Feijoo también reconocía que hay que decidir con información imperfecta. El objetivo no es eliminar todo riesgo de error, sino ser más cuidadoso con lo que das por verdadero.

Puedes actuar sin certeza absoluta, pero siendo consciente de esa incertidumbre. Puedes equivocarte después de haber comprobado, pero al menos habrás cerrado algunas vías de error evitable. La diferencia está en actuar con criterio en lugar de con prisa.

El acierto exige más que el error

Feijoo escribió en una época donde la imprenta ya difundía información rápidamente, pero donde aún era posible pausar antes de formar opinión. Hoy la velocidad de la información hace más fácil errar y más difícil acertar. Las redes sociales premian la seguridad instantánea, no la duda razonada.

La frase de Feijoo recuerda que el acierto suele ser más exigente que el error. No porque sea inalcanzable, sino porque requiere atención, método y disposición a revisar lo que crees saber. En un entorno que valora la respuesta inmediata, esa pausa para comprobar puede parecer lenta. Pero es la diferencia entre acertar de un modo o fallar de infinitos.

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Enseñanzas de Ptahhotep: “La fuerza del hombre es su lengua: la palabra es más poderosa que cualquier pelea”

Vivimos en una época en donde la reactividad inmediata se encuentra a la orden del día, y las discusiones pueden escalar en un abrir y cerrar de ojos. En este contexto, la frase que el visir egipcio Ptahhotep escribió en sus instrucciones para su hijo —hace más de 4000 años—, toma gran relevancia: “La fuerza
The post Enseñanzas de Ptahhotep: “La fuerza del hombre es su lengua: la palabra es más poderosa que cualquier pelea” appeared first on Mejor con Salud.  Vivimos en una época en donde la reactividad inmediata se encuentra a la orden del día, y las discusiones pueden escalar en un abrir y cerrar de ojos. En este contexto, la frase que el visir egipcio Ptahhotep escribió en sus instrucciones para su hijo —hace más de 4000 años—, toma gran relevancia: “La fuerza del hombre es su lengua: la palabra es más poderosa que cualquier pelea”

Lo que nos quiere decir con esto es que el lenguaje no es un adorno. Se trata de una herramienta útil para influir, calmar, negociar y evitar conflictos, que escalan por orgullo o impulsividad.

¿Cómo sacarle provecho a la palabra?

En medio de una discusión, la lengua funciona como un timón. Las palabras adecuadas pueden virar el curso de una situación, de tensa hacia la calma. Esto te será de gran ayuda para evitar conflictos y resentimientos con los que te rodean, protegiendo tus relaciones y bienestar. La próxima vez que una discusión escale, recuerda la frase de Ptahhotep, poniendo en práctica los siguientes tips.

  • Regula el tono de voz. Ten en cuenta que los gritos durante un confrontamiento solo elevan la tensión. En su lugar, utiliza un tono firme pero calmado, el cual desactiva la hostilidad con mayor velocidad.
  • Usa la pausa táctica. Si sientes el impulso de responder de forma agresiva a lo dicho por el otro, guarda silencio por cinco o diez segundos. De esta forma impides que el ego tome el control y bajas las revoluciones, para evitar decir algo de lo que luego te arrepientas.
  • Aplica la escucha activa. Durante la discusión, dedica la mayor parte del tiempo a escuchar con atención los puntos dichos por tu interlocutor. Esto te dará la información necesaria para negociar una salida.
  • Busca acuerdos. En lugar de seguir el impulso de ganar la discusión, empleando términos que acorralen al otro, elige palabras que construyan puentes entre ustedes. Expresiones como “entiendo tu punto” o “busquemos una solución” te serán de gran utilidad.
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Límites de la palabra

Ten en cuenta que, aunque la palabra y el diálogo son estrategias muy efectivas para la resolución de conflictos, también tienen sus límites. Ante faltas de respeto o cuando la otra parte se niega a una negociación, la palabra debe dar paso a límites claros con hechos.

La coherencia también juega un papel importante en el poder de la lengua. Y es que, para que tu discurso tenga autoridad real, debe existir una alineación entre lo que dices y lo que haces. En caso contrario, tu credibilidad e influencia se verán disminuidas.

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De igual manera, considera que así como pueden tender puentes, las palabras también tienen la capacidad de herir a las personas a nuestro alrededor. Por ello es tan importante pensarlas bien antes de decirlas. No olvides que la verdadera fortaleza no siempre se demuestra elevando la voz, sino dominando lo que dices cuando sería fácil pelear.

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Teofrasto y el tiempo: “Es la cosa más valiosa que el hombre puede gastar”

¿Cuántas veces llegas al final del día sin recordar exactamente qué hiciste? Teofrasto, filósofo griego del siglo IV a.C., dijo que el tiempo es lo más valioso que el hombre puede gastar. Pero no se refería a ser más productivo, sino a entender que el tiempo se consume y por eso merece ser usado con
The post Teofrasto y el tiempo: “Es la cosa más valiosa que el hombre puede gastar” appeared first on Mejor con Salud.  ¿Cuántas veces llegas al final del día sin recordar exactamente qué hiciste? Teofrasto, filósofo griego del siglo IV a.C., dijo que el tiempo es lo más valioso que el hombre puede gastar. Pero no se refería a ser más productivo, sino a entender que el tiempo se consume y por eso merece ser usado con intención.

La frase reconoce que cada hora que pasa es una hora que gastas, independientemente de si decides cómo o dejas que el piloto automático lo haga por ti. Esa conciencia es el punto de partida para recuperar algo de control sobre tu día.

El tiempo en piloto automático se gasta sin decidir

La mayoría de días transcurren sin que tomes decisiones conscientes sobre tu tiempo. Te levantas, sigues la rutina, respondes a lo urgente, miras el móvil y llegas a la noche sin haber elegido realmente nada. El tiempo se fue, lo gastaste, pero no fuiste tú quien decidió en qué.

El trabajo y las responsabilidades ocupan una parte inevitable del día, pero entre esas obligaciones hay márgenes donde el tiempo se escapa sin que lo notes. Redes sociales, scroll sin objetivo, conversaciones que no aportan, tareas que haces por inercia. No son actividades malas en sí mismas, pero ocurren sin que las elijas activamente.

¿Cómo elegir en qué gastas tu atención?

Aplicar la idea de Teofrasto no requiere un plan detallado ni optimizar cada minuto. Basta con preguntarte de vez en cuando: ¿esto en lo que estoy gastando tiempo ahora, lo he elegido yo o simplemente ha aparecido? Si llevas veinte minutos en una red social sin saber cómo llegaste ahí, la respuesta es clara.

No se trata de eliminar todo lo que no sea productivo ni de juzgar cada actividad como valiosa o desperdiciada. Se trata de recuperar la capacidad de elegir.

Puedes decidir pasar una hora viendo una serie porque te apetece, y eso es gastar tiempo con intención. Puedes pasar esa misma hora viendo lo primero que aparece en tu feed porque no sabes qué más hacer, y eso es dejar que el tiempo se consuma sin dirección.

Prioriza lo que nutre, recorta lo que drena

Algunas actividades te dejan con más energía o mejor ánimo; otras te dejan igual o peor. Teofrasto no especificó qué deberías hacer con tu tiempo, pero reconocer que es finito ayuda a identificar qué merece más espacio y qué conviene reducir.

Las relaciones que solo drenan sin aportar, los compromisos que aceptas por obligación social y las horas perdidas en cosas que no te interesan realmente solo consumen el tiempo que podrías gastar en otra cosa. No hace falta cortarlo todo de golpe, pero sí revisar qué está ocupando tu día y si responde a tus prioridades o a las de otros.

Disfruta el ocio como inversión de tiempo

La frase de Teofrasto puede malinterpretarse como una invitación a vivir en modo productividad constante. No lo es. El descanso, el ocio y la desconexión también son formas valiosas de gastar tiempo si las eliges conscientemente.

El problema no es relajarte ni hacer cosas “improductivas”. El problema es cuando esas actividades ocurren por defecto, no por decisión. Ver una película porque te apetece es distinto de encender la tele porque no sabes qué otra cosa hacer. Ambas consumen tiempo, pero una tiene intención detrás.

Vive como si el tiempo fuera finito

Ten presente que el tiempo es lo único que gastas sin poder recuperar. No puedes ahorrarlo o guardarlo para luego. Cada día que pasa es un día menos, y cómo lo gastes define en gran medida cómo será tu vida.

Vivir mejor no significa hacer más cosas ni llenar cada hora con actividad útil. Significa gastar tu tiempo como si realmente fuera finito, porque lo es. Decidir dónde pones tu atención, qué merece tu presencia y qué puedes soltar sin culpa.

Solo necesitas preguntarte de vez en cuando si lo que estás haciendo ahora mismo es lo que elegirías hacer si realmente sintieras que tu tiempo vale tanto como dice Teofrasto.

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Baltasar Gracián, escritor español: “No todo puede salir bien, ni a todos se puede contentar.”

¿Cuántas veces has modificado una decisión porque temías la reacción de alguien? Baltasar Gracián, escritor del Siglo de Oro español, resumió en una frase lo que muchos tardan años en aceptar: “no todo puede salir bien, ni a todos se puede contentar”. Esta es una reflexión sobre los límites de la aprobación. Gracián escribía sobre
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Gracián escribía sobre prudencia y vida práctica. Por ello, su frase reconoce que el desacuerdo es inevitable y que intentar agradar a todos es un camino sin salida. Trasladar esto a la vida moderna requiere matices que eviten malinterpretaciones.

El desacuerdo es inevitable

Tomes la decisión que tomes, alguien la cuestionará. Elijas el camino que elijas, habrá quien piense que te equivocas. Esto no refleja un fallo en tu criterio ni una deficiencia en tu capacidad de análisis. Refleja que las personas tienen prioridades, valores y contextos diferentes.

Intentar contentar a todos te lleva a diluir tus decisiones hasta que pierden sentido. Terminas eligiendo opciones intermedias que no satisfacen a nadie, incluyéndote. Gracián entendía que la prudencia no consiste en evitar el desacuerdo, sino en actuar con criterio propio asumiendo que no todos lo compartirán.

No contentar vs ser desagradable

Esta frase no autoriza la brusquedad ni justifica tratar mal a la gente. Hay una diferencia entre no contentar a alguien con tu decisión y ser innecesariamente desagradable al comunicarla. Puedes mantener tu posición sin agresividad, defender tu criterio sin despreciar el ajeno.

No contentar es inevitable cuando tus prioridades difieren de las de otros. Ser desagradable es una elección. Confundir ambas cosas convierte la máxima de Gracián en excusa para la descortesía. El desacuerdo se sostiene mejor con claridad y respeto que con prepotencia.

Actuar con criterio propio en un mundo de opiniones

Las redes sociales amplifican el ruido de las opiniones ajenas. Cada decisión puede recibir valoraciones públicas inmediatas, lo que hace más difícil mantener tu criterio sin contaminación. La frase de Gracián te recuerda que no necesitas consenso para actuar bien.

Esto no significa ignorar la retroalimentación útil ni cerrarte a otras perspectivas, sino distinguir entre crítica constructiva y el ruido que busca tu aprobación. Puedes escuchar opiniones sin que dicten tus decisiones y considerar los desacuerdos sin que te paralicen.

Sostener claridad y cortesía sin aprobación

Aplicar esta máxima en la vida moderna requiere claridad en lo que decides y cortesía al comunicarlo. La claridad evita ambigüedades que alimentan malentendidos, mientras la cortesía reduce fricciones innecesarias aunque la decisión no guste.

Si rechazas una invitación, una propuesta laboral o una petición personal, puedes hacerlo con firmeza sin ser hiriente. Si tomas una decisión que afecta a otros, puedes explicar tu razonamiento sin necesidad de justificarte hasta el agotamiento. El objetivo no es conseguir que todos estén de acuerdo, sino que entiendan tu posición aunque no la compartan.

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Algunas personas usan esta máxima para justificar comportamientos desconsiderados. El “no puedes contentar a todos” se convierte en excusa para no intentar tratar bien a nadie. Eso traiciona el sentido de Gracián, quien escribía sobre prudencia.

Reconocer que no todos estarán contentos no te libera de comunicarte con respeto. No te exime de considerar el impacto de tus decisiones en otros cuando ese impacto es relevante. La frase señala un límite realista, no una invitación a ignorar consecuencias.

Madurez sin búsqueda de aprobación

La máxima de Gracián apunta a una forma de madurez que no depende de gustar más, sino de sostenerte mejor. Dejas de medir tus decisiones por el número de personas que las aprueban y empiezas a medirlas por su coherencia con tus valores y circunstancias.

Esto no te hace inmune a la crítica ni elimina la incomodidad del desacuerdo. Puedes buscar consejo, considerar perspectivas y ajustar cuando tiene sentido, pero la decisión final responde a tu evaluación.

No todo puede salir bien porque las variables son muchas y no todas se controlan. No a todos se puede contentar porque las expectativas son diversas y a veces contradictorias. Aceptar esto te libera para actuar con más claridad y menos ansiedad por el desacuerdo inevitable.

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