Qué los jóvenes se sientan herederos de esa inmensa pléyade de hombres y mujeres que han contribuido a la construcción de la civilización occidental. Que logren ser, aunque no lo sepan, auténticos ciudadanos romanos.
The post Paseos romanos first appeared on Hércules. mo en tantas ocasiones a lo largo de mi vida, he regresado, una vez más, a Roma. Una ciudad que siento como propia, que forma parte de mi intrahistoria, en la que he vivido intensas emociones, y donde jamás me he visto como forastero. Esta vez el motivo ha sido académico, impartir una conferencia sobre las relaciones entre la Santa Sede y la Segunda República española. Una estancia fugaz, pero suficiente para poder, en momentos de soledad, recorrer sus calles y plazas, en una recién estrenada primavera, cuya calidez contrastaba con el frío y la lluvia intensa que dejé en España.
Me siento ciudadano romano, civis romanus sum, aunque, en el fondo, todos los que formamos parte de la cultura occidental lo somos. Roma es nuestra madre nutricia, somos hijos de esa formidable civilización que recogió el legado griego y que más tarde, en los albores de la Edad Media, fue fecundada por la linfa vital del cristianismo. Esto es Occidente, la síntesis lograda de la conjunción del legado grecorromano y judeocristiano. Atenas, Roma, Jerusalén, son las tres ciudades que constituyen el trípode de lo que somos, y sin ellas no nos podemos comprender correctamente. Otras aportaciones han podido enriquecer esta robusta corriente de civilización y de cultura, pero sin alterar su esencia más profunda. Es por ello por lo que considero suicida la negación de lo que hemos sido por parte de algunos sectores ideológicos que parecen sentirse más a gusto con otras tradiciones culturales que son la antítesis de los valores que, con luces y sombras, nos han conducido a unas sociedades democráticas y libres. Es urgente reaccionar y reivindicar, sin complejos, lo que nos constituye como civilización. Para ello es preciso conocer ese pasado, con todo su complejo entramado, no exento de momentos de oscuridad y de tinieblas, como los grandes conflictos bélicos que azotaron nuestro continente en el siglo XX, y sacar de él lo mejor para seguir siendo ciudadanos libres. A pesar de los histéricos gritos autoinculpatorios y masoquistas de quienes piensan que todos los males del mundo proceden de Europa –y no digamos de España-, hemos de sentirnos orgullosos y reivindicar una historia que arranca, al menos, de aquellos filósofos que hace dos mil ochocientos años comenzaron a hacerse preguntas en las riberas griegas del Egeo. Retornar a Roma es, de alguna manera, entrar en comunión con esa corriente vital que nos sigue alimentando. Cada piedra, cada trozo de mármol de la ciudad nos habla de ello; basta sentarse en un dintel caído junto al Teatro de Marcelo, o contemplar extasiado la grandiosidad de la basílica Vaticana, para experimentar que somos un eslabón más que nos enlaza en esa larga cadena que vamos conformando cada generación de europeos.
Pasear por Roma, sin prisas, ya sea en una luminosa mañana primaveral o en la aún fría noche de finales de marzo, permite descubrir una realidad sugerente, que invita a la contemplación y a la reflexión. Sumido en el bullicio de las calles rebosantes de turistas o en la quietud de los silenciosos y estrechos vicoli, he deambulado sin rumbo fijo, parándome a observar, escuchando la algarabía de las conversaciones en una confusión babélica de idiomas, cruzando con gentes de las más diversas procedencias. Admirándome no sólo de la belleza, sino también de la falta de sensibilidad frente a ella.
Fue en Il Gesù, la extraordinaria iglesia de la Compañía de Jesús, donde se conservan los restos de tres españoles universales, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier –en este caso, un brazo, pues la tumba está en Goa- y el padre Pedro Arrupe; tres gigantes que nos recuerdan, más allá de la enfermiza autoflagelación patria, las grandes aportaciones que España ha hecho a la historia de la Humanidad. Me encontraba en el crucero, bajo la espléndida cúpula rebosante de exuberancia barroca, cuando me topé con un grupo de adolescentes, con todo el aspecto de estudiantes centroeuropeos, sentados en los bancos. Ninguno interactuaba con el resto, todos permanecían con las cabezas agachadas, mirando absortos sus móviles, sobre los que, veloces, tecleaban, sin dirigir sus ojos a la belleza que les envolvía. Me llenó de tristeza observar cómo les resultaba totalmente ajena la majestuosidad artística del templo; pensé en mis estudiantes, recordé antiguos viajes de fin de curso por Europa con mis viejos alumnos de Instituto y sentí una profunda tristeza. ¿Nos hemos vuelto incapaces de contemplar lo Bello? ¿Somos esclavos de una tecnología que nos impide ir más allá de la onanista relación de cada uno con su móvil o su ordenador? Pensé en el actual debate educativo sobre el uso de móviles o tabletas en las aulas. Desterramos los libros, que siempre han sido una ventana de libertad, y nos hemos encadenado, sometidos a los estúpidos dictámenes de una pedagogía de salón, a unos aparatos que cada vez más nos conducen hacia un abismo de borreguil estupidez colectiva. Salí pensativo de la magnífica obra de Vignola y me zambullí en el bullicio de Via dei Giubbonari rumbo a Campo dei Fiori.
Aquellos jóvenes abducidos por sus móviles siguen en mi retina y en mi mente. Pienso en ellos cuando me dirijo a mis clases y me digo a mí mismo que seguiré luchando para tratar de transmitir a mis alumnos el amor hacia los libros, que les hará libres; la pasión por el conocimiento del pasado, que les permitirá comprender lo que son; el deseo de subirse a los hombros de los gigantes que nos precedieron y que se sientan herederos de esa inmensa pléyade de hombres y mujeres que han contribuido a la construcción de la civilización occidental. Que logren ser, aunque no lo sepan, auténticos ciudadanos romanos.
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