El arresto de Ekrem İmamoğlu y el control de Erdogan sobre la oposición en Turquía muestran cómo el país se acerca a un régimen autoritario similar al de Irán, con elecciones manipuladas y sin pluralismo político real. Erdogan utiliza tácticas de coacción y manipulación para asegurar su poder y debilitar a sus rivales.
The post Turquía prosigue en su proceso de “iranización” con una dura represión hacia los manifestantes first appeared on Hércules. El arresto del alcalde de Estambul, Ekrem İmamoğlu, principal rival político de Recep Tayyip Erdogan, por cargos de corrupción y acusaciones de terrorismo, es un nuevo indicio del giro autoritario que Turquía está tomando, acercándose peligrosamente al modelo iraní. Aunque Erdogan no ha establecido formalmente un equivalente al Consejo de Guardianes de Irán, la detención de İmamoğlu, sumada al encarcelamiento previo del líder kurdo Selahattin Demirtaş, sugiere la existencia de un mecanismo no oficial para bloquear sistemáticamente a los candidatos opositores.
En este escenario, Erdogan, quien se proyecta a sí mismo como un líder con una misión divina, ha consolidado un control absoluto sobre quién puede competir en las elecciones. Durante más de una década, ha manipulado el sistema judicial, colocando jueces y fiscales leales, y recurriendo al soborno, la intimidación y la coacción para neutralizar a la oposición. Si logra aprobar una nueva constitución, podría institucionalizar aún más este modelo, disfrazando un régimen autoritario bajo una apariencia democrática.
El objetivo final de Erdogan parece ser la implantación de una constitución islamista que institucionalice un gobierno autocrático, desmantelando definitivamente los cimientos de la democracia turca. Cada movimiento estratégico, incluida la detención de İmamoğlu, lo acerca más a la instauración de una dictadura teocrática. İmamoğlu, quien ha sido un rival constante y un desafío importante para Erdogan al postularse en varias ocasiones como alcalde de Estambul, podría quedar descalificado para futuras elecciones si se concreta su condena, favoreciendo así la división de la oposición y asegurando el dominio electoral de Erdogan.
Aunque algunas acusaciones contra İmamoğlu podrían parecer plausibles, la falta de pruebas claras y la rapidez del proceso judicial dejan en evidencia que la operación responde más a intereses políticos que a un proceso legal legítimo. Este patrón no es nuevo: Erdogan ha perfeccionado el arte de manipular el proceso electoral, asegurando su control absoluto incluso en medio de las dificultades económicas que enfrenta Turquía. La persecución sistemática de rivales, desde figuras destacadas como Meral Akşener hasta otros líderes opositores, ha debilitado cualquier posibilidad de un desafío real a su poder.
Además, Erdogan mantiene un férreo control sobre los medios de comunicación, reprime a empresarios opositores y utiliza tácticas coercitivas a través del MIT (servicio de inteligencia turco) para intervenir en elecciones y protestas. El CHP, el principal partido opositor, arrastra el desprestigio de sus políticas pasadas y no logra articular una alternativa sólida, dejando a la oposición dividida y sin fuerza.
A través de estas maniobras, Erdogan ha convertido Turquía en un estado donde solo pueden competir los candidatos previamente aprobados por el régimen, eliminando cualquier vestigio de pluralismo político genuino. Así, ha consolidado su posición como líder autoritario, controlando todos los resortes del poder: el gobierno, el ejército, el poder judicial, los medios y los servicios de inteligencia, al estilo de otros líderes autocráticos en Oriente Medio.
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