Benjamin Franklin, polímata, “Es mejor bien hecho que bien dicho”

Benjamin Franklin, polímata, “Es mejor bien hecho que bien dicho”

A veces hablamos de un proyecto con tanta pasión que casi sentimos que ya está hecho, aunque en la práctica los días pasen sin avance. Esa distancia entre lo que decimos y lo que hacemos es más común de lo que creemos, y suele ser una de las raíces silenciosas de la procrastinación. Benjamin Franklin,
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Benjamin Franklin, uno de los grandes polímatas de la historia, formuló esta tensión en la siguiente frase: “Well done is better than well said“. En español, su traducción más natural es “Más vale bien hecho que bien dicho”, una idea que, casi tres siglos después, sigue funcionando como una regla práctica para dejar de posponer y empezar a construir.

¿Qué quiso decir Franklin con “Well done is better than well said“?

La frase aparece en Poor Richard’s Almanack (1737), una publicación popular que Franklin usaba para difundir observaciones prácticas sobre el trabajo, el carácter y la conducta. No era un tratado filosófico, sino una guía cotidiana para vivir mejor. Desde ahí, el mensaje es simple. Las palabras por sí solas no producen resultados; la acción sí.

El sentido práctico es claro. Hablar de lo que harás, planearlo durante semanas o explicarlo con detalle puede generar una falsa sensación de progreso. La ejecución, en cambio, es verificable: o existe o no existe. Franklin no despreciaba el pensamiento ni la comunicación; simplemente recordaba que la evidencia del trabajo vale más que cualquier explicación sobre él.

Esta frase funciona hoy como una regla antiprocrastinación porque corta la negociación mental. En lugar de seguir perfeccionando el discurso —interno o externo— te devuelve a la pregunta esencial: ¿qué parte concreta de esto puedo hacer ahora?

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¿Por qué un avance pequeño vence al gran discurso?

La idea es simple. Vale más un avance pequeño y verificable que un gran discurso sobre lo que piensas hacer. El progreso no nace del entusiasmo, sino del movimiento. Incluso una acción mínima rompe la inercia y crea una nueva realidad. Dejas de pensarlo y empiezas a construirlo.

Desde la perspectiva de la psicología del comportamiento, este principio reduce la fricción inicial. El cerebro resiste los proyectos grandes, difusos o sin forma. Pero responde mejor a tareas cortas, claras y con cierre. Franklin, sin llamarlo así, estaba describiendo lo que hoy entendemos por diseño de hábitos.

Además, la acción genera información. Solo cuando empiezas a hacer algo descubres qué funciona, qué estorba, qué debes ajustar. El discurso se mueve en el terreno de la hipótesis; la ejecución trabaja con datos reales.

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¿Cómo aplicarlo hoy en 10–20 minutos?

Una forma simple de usar esta regla en la vida diaria es convertir cualquier objetivo en un primer paso de 10 a 20 minutos con entregable mínimo. No se trata de terminar el proyecto, sino de producir algo que exista.

Primero, elige un objetivo claro. Puede ser escribir un artículo, ordenar un espacio, avanzar en una propuesta o estudiar un tema. Luego define una acción breve y cerrada. Por ejemplo, redactar un párrafo, ordenar una superficie, resolver un ejercicio o crear un esquema. Lo importante no es la perfección, sino que haya algo concreto.

Al terminar ese bloque corto, realiza una revisión breve: ¿qué aprendiste?, ¿qué mejorarías en el siguiente paso?, ¿qué estorba?, ¿qué ayuda? Este cierre convierte la acción en progreso acumulativo. Repetido con constancia, este método desplaza la procrastinación sin necesidad de motivación heroica.

Los límites de la frase: ejecutar no excluye pensar ni comunicar

La frase “más vale bien hecho que bien dicho” no desprecia la planificación ni la comunicación. Ambas importan. Pero marca un orden claro. Primero hacer. Luego explicar.

Cuando se planifica sin ejecutar, todo se queda en intención. Cuando se comunica sin sustento, el mensaje pierde peso. Franklin propone algo más simple. Que la acción vaya delante y que las palabras la acompañen, no al revés.

Esta idea no exige perfección ni velocidad. Exige honestidad con el propio proceso. Menos promesas y más resultados visibles. Ahí es donde empieza el progreso real.

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