Los resultados, desde los a prioris de los que se parte, son contundentes al haber un descenso nítido en una serie de pruebas consideradas como una medición sólida de capacidades
The post La caída del cociente intelectual general first appeared on Hércules. Acaso una de esas noticias relevantes a las que, sin embargo, no se ha dado la suficiente importancia sea el descenso del Cociente Intelectual (CI) en los últimos años tras las permanentes subidas desde que hay registros fiables, allá por los años 30 del pasado siglo. Su permanente crecimiento, al menos hasta ahora, era el llamado efecto Flynn exhaustivamente estudiado por el afamado psicólogo neozelandés James R. Flynn profesor de la Universidad de Canterbury, alguien especializado en todo lo relativo a lo que, hoy en día, consideramos como Inteligencia. Personalmente desconfío de la categoría de inteligencia manejada. De hecho, un griego clásico no entendería como inteligencia lo que se mide en el CI por quedar desvinculado del conocimiento y del entendimiento atinado, ahora bien algo mide. Y ese algo no deja de ser una cierta capacidad cerebral o neuronal, potenciada por el entorno y centrada en la capacidad de cálculo y de resolución de problemas de diverso tipo.
Esta capacidad tiene, efectivamente, su relevancia, aunque a un griego del siglo V a JC, con buena parte de razón, le pareciera aberrante que se pudiera considerar inteligente a alguien que tuviera deformada su perspectiva y visión del mundo. Insisto y preciso ya que es un matiz relevante; si nos remontamos a la matriz intelectual de la cual provenimos ante el CI podemos constatar que estamos ante una idea de inteligencia puramente cuantitativa que deja de lado la cualidad del conocer de tal modo que se podría ser inteligente y psicópata al mismo tiempo; lo que para un griego lector de Platón o Aristóteles rozaría el delirio. Consideremos que en la Grecia antigua solo sería considerado inteligente aquel que intelige certeramente, es decir, quien discierne con tino…
Mas allá de este importante preámbulo lo cierto es que en los últimos años se ha advertido una determinada caída del CI tras décadas de subida ininterrumpida. Como sabemos los test de CI son multifactoriales, no incorporan un concepto de inteligencia y, básicamente, atienden a diversas áreas de capacidad. La caída habría sido en las más importantes; lógica y vocabulario, problemas visuales y analogías y habilidades matemáticas. Al parecer, solo se habría mantenido cierta subida en razonamiento espacial.
Hay quien ha pretendido enjuagar estos resultados aduciendo que, simplemente, se trata de que se está respondiendo peor a ciertas pruebas. Tal será el caso de Elizabeth Dworak, profesora asistente en la Universidad Northwestern y una de las autoras del estudio. Dworak sostiene que no se trataría tanto de una caída en la inteligencia como de una menor capacidad para responder a las pruebas. Lo que tiraría por tierra todo lo ponderado hasta ahora a la hora de elaborar los test de inteligencia.
Las resistencias de dar crédito a los resultados no pueden sorprendernos y es que el finiquito del efecto Flynn lanzaría densas sombras sobre el mito del progreso en tanto gran amamantador de las sociedades modernas; en realidad su madre nutricia.
Dejando de lado el negacionismo de Dworak los resultados, desde los a prioris de los que se parte, son contundentes al haber un descenso nítido en una serie de pruebas consideradas como una medición sólida de capacidades.
Las causas
¿Las causas?. De la misma forma que la subida se achacaba a la mejora de las condiciones de vida y de los sistemas educativos la caída solo podría transitar por la misma vía pero en sentido contrario. Consideremos que una sociedad estable y alfabetizada, de ciudadanos bien educados y bien nutridos, necesariamente, verá crecer el CI. Así las cosas y al no detectarse cambios decisivos en la estabilidad social la reversión del efecto Flynn solo podría suponer un cambio de calado en la figura social general.
A ese cambio de calado no podría ser ajeno el contexto de incertidumbre social y de crisis de civilización en la que nos encontramos. La crisis de civilización no es un asunto menor ya que supone el deshilachamiento de todas las cadenas de transmisión de saber existentes más allá de las puramente técnicas y de procedimiento. Añadamos a lo dicho algo que parece quedar avalado por el incremento de las capacidades relacionadas con el razonamiento espacial. Me refiero a la incidencia sobre el CI de una sociedad enhebrada desde la cultura de la imagen.
Las sociedades contemporáneas, desde hace ya varias décadas, llevan dejando de lado las tradiciones librescas a pesar de que estas nos han constituido como sociedad y como civilización. Estas se han visto sustituidas, con considerable premura, desde el imperio sobre las conciencias de los circuitos de imágenes. Lo que da a nuestras sociedades un aire de sociedades virtuales y casi mágicas como bien han indicado pensadores como Umberto Eco, Mircea Eliade o Ion P. Coulianu. Virtuales por sustituir la experiencia de la vida desde las imágenes y su consumo -autores como Baudrillard se han detenido mucho en esta cuestión- y mágicas por que dejan la conciencia humana al albur de la tremenda eficacia de las imágenes a la hora de ordenar la subjetividad desde las eróticas que estas suscitan. En tal sentido Eco, Eliade y Coulianu llegan hasta el punto de recordarnos que para un pensador antiguo, pongamos un filósofo neoplatónico, o para el chaman de tribu, el poder de las imágenes sobre las conciencias en nuestras sociedades solo podría ser entendida como una práctica mágica manipulativa. Al indicar lo dicho recuerdo al lector que me muevo en el área del análisis racional más estricto manejando fuentes teóricas y filosóficas precisas.
Esta apoteosis de los circuitos de imágenes en términos de magia manipulativa, por cierto, profetizada con precisión por Giordano Bruno en su libro De vinculis in genere, tendrá como condición, ya lo he indicado, la crisis de la cultura libresca. No olvidemos cómo nuestra civilización ha arraigado a partir de los hábitos de lectura para la transmisión del saber de tal manera que esos hábitos capacitaban para recibir ese saber. Dejar de leer libros o leer muchos menos, dejar de ser iniciado a la lectura por los sistemas educativos o limitarse a leer en pantalla pequeños párrafos, dejaría incapacitado para la lectura y para esa recepción de saber. El precio a pagar es alto. Y ese precio, necesariamente, se traducirá en el descenso de esas capacidades intelectuales puramente cuantitativas y, acaso básicas, a las que me he referido.
Los investigadores, ante la contundencia de los datos parecen desconcertados y es cierto que las causas de la reversión del efecto Flynn podrían implicar todo un haz causas. Estas incluirían desde la alimentación, la estabilidad familiar, la calidad de los sistemas educativos, el propio contexto social… Ahora bien, sin cambios excesivamente aparentes en esas variables, lo que parece sugerirse es que tal reversión apuntaría a ese cambio de calado del marco social general. Tal cambio bien podría ir esbozando las sociedades transhumanistas e hipermodernas que parecen esperarnos a la vuelta de la esquina. En las mismas y dada la creciente acumulación de poder vía recursos técnicos, todo apunta a un incremento exponencial del control mental y del diseño del alma al tiempo que a un primado de lo colectivo y de los grandes números dejando de lado cualquier vindicación imaginable de la idea de persona. Todo ello en lo que sería una transmodernidad imaginaria cada vez más desligada de la vida y de los cuerpos singulares, y cada vez más cercana a lo que sería un ser colectivo o una máquina totalizada de la cual seríamos simples engranajes.
Mi impresión es que la radicalización de la administración de la vida que ejercen los titanes desatados, en tanto apoteosis de la transmodernidad, tiene en su reverso los límites naturales y a la physis aguardando con su libreta. Como dirían nuestros padres los griegos nada escapa a la dyké que dijera Sófocles el trágico.
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